En Motopoliza.com siempre recomendamos prudencia sobre la moto, aunque no nos queda otro remedio que seguir sorprendiéndonos ante los profesionales que se juegan el pellejo sobre dos ruedas, ya sean pilotos o acróbatas sin miedo como Evel Knievel.
Si en los años 20 proliferaron los especialistas de riesgo y sus espectáculos acrobáticos en todo tipo de vehículos –incluyendo los aéreos-, Evel Knievel fue un perfecto representante de la década de los 70, con sus excesos y extravagancias, incluyendo la locura estética.
En alguna ocasión, todos nos hemos topado con la chocante imagen de un tipo vestido a lo Elvis, con motivos de la bandera estadounidense, saltando con su moto distancias y obstáculos físicamente insalvables. Se trata de Evel Knievel, nacido en 1938 y protagonista de proezas tan famosas como el salto del cañón de Snake River montado en un cohete –parodiado en un célebre episodio de Los Simpson-.
Protagonista de 75 saltos en moto de rampa a rampa entre 1965 y 1980, Knievel figura en el libro Guinness de los Récords como “el superviviente con más huesos rotos -433- durante su vida”.
Nacido en Montana con el nombre de Robert Craig Knievel, y criado por sus abuelos, ya siendo niño protagonizaba pequeños shows saltando con su bici sobre motos. Su carácter alocado le llevó a dar con sus famosos huesos en la trena, donde un carcelero le puso el sobrenombre de “Evil” (malvado) Knievel, mote que posteriormente retocaría al rebautizarse como “Evel”.
Hombre de mundo, Knievel trabajó en los más diversos ambientes: en el ejército, como jugador de hockey sobre hielo, como guía de caza o ejerciendo de vendedor de seguros.
En 1966 se entregó enteramente al espectáculo, primero como un número más en shows, y luego como protagonista único. En la nochevieja del 67 saltó sobre la fuente del casino Caesar´s Palace en Las Vegas, algo que no salió especialmente bien y acabó con un coma de 29 días para nuestro héroe.
Lejos de desanimarse, Evel Knievel continuó con sus saltos. Tras ver que no era posible saltar el Gran Cañón, llegó el citado –y fallido por poco- salto en cohete sobre el Snake River, del que salió vivo con heridas leves.
Su siguiente castañazo épico llegó en el 75, cuando trató de saltar sobre 13 autobuses en el británico Estado Wembley, sufriendo una vez más en su cuerpo el castigo de la gravedad, la inercia y el sentido común.
Su mayor éxito –que alguno tuvo- fue el salto que ejecutó sobre 14 autobuses en Ohio, también en 1975, con un gran éxito de audiencia.
Tras ese triunfo, Knievel nunca intentó proezas de esa escala, y tuvo que cancelar un salto sobre tiburones en Chicago, ya que en los ensayos acabaron heridos él y un cámara.
En 1981 dejó de jugarse el pellejo y se dedicó plenamente a entrenar a su propio hijo en esas lides de desafiar las leyes de la física y atesorar traumatismos.
Curiosamente, Knievel no murió en una de sus acrobacias, sino que falleció en su casa de Florida a los 69 años, afectado de hepatitis C.
Todo un héroe por su empeño y valentía, pese a no ser un ejemplo a seguir en sus arriesgadas prácticas.
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